Un importantísimo texto constitucional aún vigente
La
Constitución Española de 1978 afronta un nuevo aniversario con el consabido
debate acerca de la necesidad de una reforma
que, esta vez, parece más profundo y serio por una doble circunstancia:
el anuncio de desacato del Parlamento catalán y la coincidencia con una
importantísima campaña electoral, en la que la necesidad de ajuste forma parte
del programa electoral de prácticamente todos los partidos.
Sería
absurdo negar que de una vez por todas parece
evidente la necesidad de una reforma del texto constitucional que permita
retomar la senda de la unidad de todos los españoles, retocando el modelo de
Estado y asentando derechos sociales que hoy en día son irrenunciables para la
mayoría de los ciudadanos, como la salud, sin ir más lejos.
Pero
creo que mientras llega o no esa reforma como un mandato de la mayoría del
pueblo español puesto de manifiesto a través de sus representantes legítimos,
resulta temerario e injusto pretender que nuestra Carta Magna ha perdido
vigencia, legitimidad o músculo.
Cuesta
entender, por ejemplo, que haya quien ponga en duda la legitimidad del texto
dando a entender que fue fruto de un pacto entre partidos y no expresión de la
voluntad de un pueblo. Hace unos días hemos celebrado el cuarenta aniversario
de la muerte del dictador, y con él, de la Dictadura. Un año después, los
españoles éramos convocados a las urnas para votar en referéndum la Ley para la
Reforma Política, que abría el proceso para la convocatoria, tres meses después
de las primeras elecciones libres desde 1936, para constituir un parlamento
cuya principal misión fue consensuar un texto constitucional que, en diciembre
de 1978, sería aprobado por los ciudadanos de forma abrumadoramente mayoritaria.
Y en
torno a ese texto constitucional ha girado el mejor y más largo periodo de paz,
libertad y prosperidad de nuestro país, no exento de graves problemas, intensos
desafíos, y profundos cambios políticos, sociales e institucionales. Cierto que
jamás se había afrontado un desafío institucional de la gravedad del que aprobó
por mayoría el Parlamento Catalán. Pero no es menos cierto que el cierre de
filas de los partidos más importantes en la defensa de la Constitución de 1978
como referencia y única vía aceptable para su propia transformación, demuestra
su plena utilidad como garantía de democracia y libertad.
¿Que
los socialistas entendemos que sería un buen momento para repensar algunos
aspectos de nuestro modelo de Estado? Por supuesto. Pero desde la afirmación
constitucional de que la soberanía reside
en el pueblo español en su conjunto, y
desde el respeto a las vías de reforma que la propia Constitución establece. Y
nunca desde el chantaje o el ataque directo a la unidad territorial de España.
Celebremos
hoy, pues, que aquella Constitución que tanto esfuerzo, sacrificio y voluntad
de consenso exigió, sigue garantizando el imperio de la ley, la democracia como
sistema y la libertad para sentar en el parlamento incluso a quienes no
comulgan ni con ella ni con el Estado que cohesiona y garantiza. Porque sin
presiones ni desafíos, podremos hablar de cambios y encajes más actuales como
el estado federal, que es una senda de unidad y colaboración entre territorios
y personas, o la afirmación de derechos sociales que jamás pueden volver a ser
puestos en entredicho, como un logro de la sociedad en su conjunto.
Contamos
con un importantísimo texto constitucional aún vigente y, bajo su amparo, con las más altas cotas de libertad y
progreso de la Historia de España. Eso es hoy lo importante.
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